Lanzamiento digital de “Sway” de Tape Deck Mountain

tape deck mountain_swayTras lanzamientos tan sorprendentes como Crystal Shipsss o The Beach Arabs, el nuevo fruto de la colaboración entre la productora alemano-portuguesa Mouca y Acuarela viene de la mano de Tape Deck Mountain, hijos del ruído y de las nanas lo-fi liderados por Travis Trevisan y Paul Remund. Con un single, “Half Life”, ya adelantado en Pitchfork, y la inclusión de la canción “Slow Hell” en el recopilatorio de la revista Rock de Lux del pasado mes de diciembre, los de San Diego presentan, esta vez con Jordan Clarck (Feeling Mutual) al bajo, la versión digital de Sway, su último trabajo, previamente publicado en formato físico por Nineteen98.

Sway es una amplificación de todo lo que Ghost, el debut de Tape Deck Mountain nos mostró. La misma nebulosidad sonora, el mismo espíritu devastador, las mismas atmósferas sutiles e inquietantes, pero, esta vez, bordeadas de guitarras que aparecen y desaparecen, enseñando los dientes o creando melodías casi dream-pop. Los diez temas que componen este álbum recorren la columna vertebral del oyente, subiendo y bajando en espirales incansables de oscuridad y melancolía luminosa, que oscilan detrás del muro de sonido donde se ubica la voz de Trevisan, a ratos oculta pero siempre presente, incluso de forma remota. Impregnados de una angustia sonora suavísima y con reminiscencias, tanto en la forma como en el fondo, de Spiritualized, Sonic Youth, Loop o, cuando Tape Deck Mountain aborda su lado luminoso, a Dinosaur Jr. o Galaxie 500, y sin dejar de tener nunca esa cosita que tienen los chicos raros de la música, ese halo de nerds del rock. Tape Deck Mountain firman un álbum fluido, con una enorme coherencia sonora punteada por explosiones a la batería y una suciedad arrastrada, fangosa, casi cruel, a las cuerdas.

Si en Secret Serf las letras reflejaban la pobreza, las privaciones, la propia angustia de unemployed de Travis, en Sway las letras parten de una tristeza rabiosa y se ramifican, bien hacia una parte más existencialista y espinosa, como el viaje alucinado y drogadicto de la basura blanca en “Slow Hell”, que funciona como un sueño psicótico arrancado del corazón del noise-rock o bien, como en “Meta”, el tema de cierre, peticiones de tregua contra los que somos unos perdedores, unos soñadores. Los mismos losers que podrían protagonizar el viaje por carretera, sin sentido y sin dirección de “Half Life”, que ejemplifica la mezcla de grito y canción de cuna, de baja fidelidad y baterías enérgicas que, en los diez temas de Sway, se amplifica y se distorsiona.

Sway es un disco vertebrado en torno a la angustia, el ruido bien entendido, las atmósferas volátiles y las líneas de bajo y guitarra espiralinas, pero también lleno de una extraña serenidad, de una luz que no es alegre pero que, indudablemente, está presente y brilla con fuerza. Diez temas que, después de recorrernos los huesos, nos dejan con un poso inquieto, expectante, con esos latidos acelerados y que provienen de ninguna parte que todos tenemos después del sexo rápido y sucio o de ver películas de terror.