The Zephyrs vuelven tras 8 años

Hubo una vez un grupo llamado The Zephyrs. Eran asiduos de la escena rock de la Costa Este escocesa, garantía de chispa y empuje en cualquier cotarro. Su nombre hacía alusión –según quién preguntara– a un licor de hierbas de alta gradación, una brisa misteriosa, o a Zephyrus, el dios griego del viento de poniente. Una noche The Zephyrs hicieron acto de presencia en el club social de Currie, a las afueras de Edimburgo, peinados con clase y pitillos a medio fumar. Se coronaba a la “reina” de Currie y eran los encargados de animar la fiesta. Al final de la velada, una vez guardadas las guitarras y dobladas las bandas de la bella vencedora, cuando en la pista sólo quedaban charcos de cerveza y una corbata suelta, la reina y el carismático cantante de The Zephyrs acordaron volver a verse (seguramente tras relatar él la versión del dios griego). Vivieron felices y comieron perdices. El grupo que formaron sus hijos 25 años después Stuart Nicol y su hermano David también se llamó The Zephyrs.

El primer trabajo de The Zephyrs, “It’s OK Not To Say Anything” (1999) se limitó a 700 copias y fue editado por un minúsculo sello de Edimburgo. En 2000, sus colegas Mogwai les apuntaron a la lista del Rock Action de bandas de Glasgow, lo que llevó a la (re)publicación de su elepé por Southpaw. En 2001, The Zephyrs lanzaron “When The Sky Comes Down It Comes Down On Your Head” (“Cuando cae el cielo te cae en la cabeza”). Un título acertado y fatídico; no por las canciones, que destilaban un rock orquestal majestuoso, y recordaban en ocasiones a This Mortal Coil y en otras a Bedhead o Low, sino porque Southpaw quebró la semana en la que salió a la venta.

Luego vinieron dos discos publicados por Acuarela (el tercero “A Year to the Day” licenciado a Setanta, y el cuarto, “Bright yellow flowers on a dark double bed”, exclusivo y para todo el mundo, en 2003 y 2005 respectivamente), actuaciones en el Primavera Sound o el FIB, varias giras por la Península Ibérica en la que dieron rienda suelta a su sonido orgánico que mezclaba sus influencias (el pop íntimo y el country, el ladrido sónico o el noise) de tal manera que se hacen indistinguibles por separado, algo así como la mezcla perfecta de Simon & Garfunkel y Mogwai, Mojave3 y Auburn Lull.

Aquellos discos fueron grabados por una banda en cambio constante. Pero también es verdad que The Zephyrs siempre fueron un grupo con miembros pasajeros y cada trabajo salía en un sello distinto: EVOL, Southpow/Rock Action, Setanta y Acuarela… De hecho, su último lanzamiento hasta la fecha, “Fool of Regrets” (2010), empezó como un proyecto en solitario y acabó con una formación accidental de unos reformados Zephyrs. Lo publicó Club AC30, una discográfica retro-shoegaze de Londres asociada a Rachel Goswell (Slowdive) y al ex guitarrista de Adorable, Robert Silam, que toca la batería en el elepé. “Fool of regrets” fue también el reencuentro con el productor Michael Brennan y contiene un gran número de colaboraciones como Barry Burns de Mogwai o Gruff Rhys de Super Furry Animals. Como colofón ofrecieron un selecto número de conciertos y grabaron sesiones en los programas de Mark Riley (BBC Radio 6 Music) y Vic Galloway (BBC Radio Scotland)… Y después… otro parón de más de un lustro.

Y ahora, tras ocho años en barbecho The Zephyrs han empezado a grabar un nuevo elepé plenamente conscientes de ser una colaboración desordenada de músicos alrededor de las canciones de Stuart Nicol. Como anticipo The Zephyrs regresan a Acuarela para sacar una doble cara A con “The Witches” y “Crown Prince of Lies”. Hay mucho de espontanea elegancia (de nubes que avisan tormenta) en su renovado pop que vadea entre Chris Bell y Gram Parsons, Slowdive y hasta Grandaddy, como si pretendieran acortar camino al cielo de California pasando por Escocia.  Los dos temas fluyen gracias a una tenue psicodelia a cámara lenta, atisbos de pop sonámbulo, una especie de música country pastoral con enorme gancho melódico. Un modo inmejorable de reinventarse a sí mismos y volver a la palestra.

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